“Presidente” ha sido el término de los hombres que ostentan ese poder. Decir “presidenta” visibiliza que las mujeres tenemos la capacidad de ejercer este cargo, cuestión que ha sido puesta en tela de juicio con argumentos filosóficos, o supuestamente científicos (1). Después de 200 años de la instauración de la República en México, por fin una mujer ha logrado ocupar este cargo (sea ejemplar éticamente o no, esa es una cuestión que no me interesa reflexionar en este artículo), y ella ha pedido explícitamente que así se le llame, “presidenta”. ¿Y es solo una cuestión subjetiva?
Mirza Flores Gómez, quien ha sido diputada en varias ocasiones, llegó a decir en el Pleno de la Cámara de Diputaciones que “a las mujeres se nos exige el doble y se nos perdona la mitad”. Y aunque digamos cómo queremos ser nombradas, como es el caso de la presidenta de México, varias personas del ámbito del periodismo y la política, han decidido que van a llamar presidente a Claudia Sheinbaum Pardo; incluso se han referido al término con ironía, con frases como “la presidenta con a”: ¿se permitirían este tipo de prácticas con un hombre con un cargo análogo?
Evangelina Garcia Prince fue una destacada consultora de ONU y otras instituciones en materia de igualdad. Durante varios años, varias mujeres tuvimos la oportunidad de formarnos con ella en liderazgos con perspectiva de género. En una de las sesiones de su formación intensiva, nos dio una clave que siempre me centra sobre este importante tema: “si a una mujer le dicen o hacen algo, pregúntate: ¿se lo hubieran dicho o hecho de esta manera, si fuera hombre? Si la respuesta es negativa, es un trato sexista o discriminatorio“. Por eso mi pregunta es pertinente ante este trato que se ha dado a la Presidenta de México: ¿por qué hay personas del ámbito político y el periodismo que la llaman presidente, si ella misma ha dicho que es presidenta?
La formación con perspectiva de género es esencial para quienes tienen cargos en todos los poderes y niveles de gobierno, especialmente para quienes ejercen su profesión en los medios de comunicación, e incluso en instituciones privadas. Esto exige una profunda reflexión ética fundamentada en la dignidad y los derechos humanos con enfoque de igualdad y no discriminación. El uso del lenguaje es esencial para lograr ese fin, porque éste debe visibilizar a las mujeres como tales, especialmente en ámbitos que habían sido reservados a los hombres.
La RAE es una asociación civil, no una institución vinculatoria en términos normativos. Sin embargo, incluso esta asociación establece que es preferente decir "presidenta" (1). Quienes tenemos la convicción de esta cuestión para el reconocimiento e impulso de los derechos humanos de las mujeres, lo hacemos en coincidencia con la visión de Heidegger sobre el lenguaje, como “la casa del ser”: no es una simple herramienta para describir el mundo, sino el medio a través del cual la realidad se revela. “El lenguaje es la casa del ser, en su hogar habitamos”, decía el filósofo (2), por el uso del lenguaje, comprendemos lo que existe y lo revelamos.
Decir “presidenta”, evidencia que las mujeres ya ejercemos cargos reservados exclusivamente para hombres a lo largo de la historia, los presidentes. Muchas feministas hemos afirmado que “lo que no se nombra, se invisibiliza”, tal como nos ha sucedido cuando usamos plurales masculinos al referirnos a grupos donde están las mujeres, o mencionamos sus cargos en masculino (muchas veces me he encontrado con mujeres que dicen de sí mismas que son abogados, médicos, profesores, secretarios de estudio y cuenta en las magistraturas, negando su identidad). En el caso de mencionar a la presidenta con “a”, no es una cuestión menor: es una acción afirmativa necesaria para visibilizar no solo a mujeres concretas, también nos posiciona como mujeres en los cargos que históricamente se consideraban masculinos.
Es válido, e incluso necesario para posicionar el principio de igualdad, que digamos “presidenta”, “jueza”, “magistrada”, “médica”, “abogada”, "profesora", etcétera. Hay quienes lo consideran un tema irrelevante, pero no lo es: el lenguaje es vehículo de pensamiento que se expresa en la realidad, y la realidad se transforma cuando se nombra y visibiliza a quienes habíamos sido discriminadas, por el hecho de ser mujeres. La “e” de presidente no es verdaderamente neutra, tiene sesgo de género y por eso la importancia de usar el término con referencia a la mujer que ejerce el cargo.
Desnaturalizar la desigualdad es una tarea urgente en México y el mundo, para que los derechos humanos sean ejercidos plenamente. Acostumbrarnos a que los cargos ahora son ejercidos por las mujeres, y expresarlo sin usar la referencia masculina, es un acto que desafía a las conciencias sobre nuestra participación como mujeres en todos los ámbitos que aún son estereotipados como masculinos. Con la sabiduría que caracteriza a Amelia Valcárcel, afirma que las mujeres "tenemos el mismo derecho de hacerlo tan bien o tan mal, como lo han hecho tantos hombres con cargos públicos y políticos en la historia de la humanidad (4). Y si llegan a rendir cuentas a la Justicia y al escrutinio social, la sanción tendría que ser 1:1 respecto a los hombres, no 1:3.
No es irrelevante. No da igual. Presidenta, en vez de presidente, como potente vindicación política sobre los derechos de las mujeres en lo público y político. Una esencial aportación epistemológica y simbólica para materializar el principio de igualdad y no discriminación.
@AliceOJ en todas las redes sociales, excepto Instagram (@AliceMOJ).
Cofundadora de @UniversaVioleta.
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(1) Sobre las reflexiones de la RAE respecto al término "presidenta": https://www.rae.es/dpd/presidente. Afirmo que "incluso esta asociación...", porque pretendió dar el golpe en la mesa a las iniciativas gubernamentales para impulsar la igualdad a través del lenguaje, justificando que el plural masculino representa a toda la humanidad, porque el femenino es un género "marcado". Vaya carga simbólica tiene el término anteriormente entrecomillado.
(2) Sobre las razones filosóficas para justificar que las mujeres no participen en la vida pública y política, puede leerse a Hegel, Aristóteles, Hobbes, Locke, Rousseau. Respecto a las supuestas “evidencias científicas”, en innumerables journals se ha aludido al hecho de que las mujeres tienen un cerebro más pequeño que el de los hombres, también sostienen que la corporeidad, la maternidad y los procesos hormonales de las mujeres justifican la existencia de “tareas propias de las mujeres”: esencialismos biologistas que derivan en discriminación. También se suele aludir a la “falta del perfiles de mujeres” en el ámbito laboral, profesional, público y político. Estas ideas han sido paulatinamente cuestionadas y superadas en ciertos ámbitos, pero aún prevalecen en México y el mundo.
(3) Publicado en Carta sobre el humanismo (Über den Humanismus), 1947. Sin embargo, tal como sucede en el ámbito filosófico, aludía al “hombre” y no a las personas, mujeres y hombres, para referirse a la humanidad.
(4) En “Sexo y filosofía. Sobre Mujer y Poder”, la filósofa Valcárcel hace esa reflexión. En Antología del pensamiento feminista español (1726-2011), 2012.
